SAN SIMEÓN EL
ESTILITA.
Cuando de chaval me enteré de la
historia de San Simeón el Estilita ¡me quedé de piedra! No me lo podía creer.
Claro que yo estaba acostumbrado
a columnas delgadas. De no más de medio metro de diámetro en la sección. Luego
he visto en Sicilia y en Egipto tambores de columnas de tres metros de diámetro y más. Y
supongo que la de San Simeón sería de estas, de gran talla. Y si estaba
encaramado en un capitel más confortable aún. En cualquier caso no dispondría
de una área mayor que la de una celda pequeña.
Pero en época de San Simeón no
era él el único que le había dado por ahí. En ese siglo V los cristiano de
Egipto como San Pablo El Ermitaño, San Antonio Abad y otros muchos vivían solos
y recluidos en minúsculas ermitas. Yo recuerdo de un viaje escolar a finales de
los 50 haber visto las ermitas de la sierra cordobesa, no sé si aún estaban
habitadas, pero lo habrían estado recientemente y me impresionaron esas madrigueras para humanos.
El asunto de los ermitaños es
algo que no lo podía comprender.
O mejor dicho, hasta hace poco
más de un mes no lo hubiera podido comprender.
¡Pero ahora sí!
Ahora lo comprendo
estupendamente.
¡Porque el mundo entero está
cuajado de ermitaños!
Cada mochuelo en su olivo.
Cada uno, cada dos, o cada
familia metidita en su casita, encerrada a cal y canto.
Es el triunfo de la vida eremita.
No así de la "monacal",
que los pobres ancianos han quedado atrapados en las residencias donde viven, resultando con frecuencia trampas mortales.
Esta reclusión está siendo el
clavo ardiendo al que nos agarramos para no sucumbir. Lo cual no deja de ser
humillante.
Tan solo nos reconforta el arrojo
de la gente sanitaria y de servicios que hacen más llevadero este calvario.
Perece que ya se va viendo algo
de luz al final del túnel.
No sé vosotros, pero yo me voy a
encomendar a San Simeón que va a entender mejor que otros santos las cuitas que
nos aquejan.
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