MI PRIMER PARAÍSO.
Yo me las vi por primera vez con la enseñanza con Doña Ana.
Doña Ana era una vecina mía. Maestra jubilada que me desveló, a mis cuatro años, la magia de la escritura.
Con cinco años entré "en el mejor de los colegios". Pero como lo mejor es enemigo de lo bueno, tres años más tarde, como yo allí me encontraba a disgusto, me trasladaron mis padres al Colegio Ferroviario.
El Colegio Ferroviaro es el que se ve en la primera foto.
Como puede apreciarse es un bello edificio, dicen que de estética racionalista, aunque a mí me parece que es un híbrido de muchos estilos, de los que para mí predomina es el Art Dèco.
Ese edificio tiene, o tenía, en su interior un hermoso hall
en el que arrancaba la escalera que conducía a los pisos superiores.
Verdaderamente yo no era alumno de ese colegio sino del aula que Don Francisco Vizcaíno había alquilado. Aula de la que se aprecia en la primera foto su amplio ventanal, que corona el edificio.
Allí arriba, además del aula de Don Francisco estaba la de Don Juan Mora, que enseñaba Comercio, que era una rama de la enseñanza muy en boga en esa época de los 40 y 50.
Don Francisco Vizcaíno era un maestro ejemplar. Represaliado por el régimen franquista le habían negado el pan y la sal. Separado de su carrera profesional se vio obligado a ejercer su profesión por su cuenta y riesgo.
El sistema de esa clase es el llamado de "enseñanza unitaria" o "escuela unitaria" que consiste en que en una misma aula reciben enseñanza alumnos de diversas edades. De modo que alumnos mayores ejercen la función de instructores sobre los más pequeños. Por ejemplo, cuando llegábamos al colegio por la mañana, por la escalera, antes de dejar el abrigo y la cartera, repasábamos geografía en los mapas colgados en la pared asistidos por alumnos mayores en el papel de instructores. Y según íbamos subiendo íbamos estudiando en los diversos mapas. De aquellas enseñanzas todavía recuerdo la retahíla de los ríos de África: Nilo, Senegal, Níger, Congo, Orange, Limpopo y Zambece.
Al entrar en la clase recogíamos nuestros cuadernos con los ejercicios del día anterior corregidos por Don Francisco.
Sentados ante nuestros pupitres, de madera vista, y erosionada por el uso y, con los tinteros llenos que habían colocado en su sitio los alumnos encargados de esa función, empezaba la clase.
En la pizarra en días alternos: números romanos y equivalencias.
Luego lectura en voz alta del Quijote, supongo que unos días unos pocos alumnos y otros días otros.
A continuación lo que más me gustaba a mí, el dictado. Que versaba sobre libros que a mí me parecían fantásticos: "Platero y yo", de Juan Ramón Jiménez, "Flor de Leyendas" de Alejangro Casona, " "El cartero del rey" de Rabindranath Tagore en la traducción de Cenobia Camprubí. Es que la sensibilidad que yo tenía antes de cumplir 10 años la he perdido casi en su totalidad.
Luego ponía Don Francisco en la pizarra los deberes para hacer en casa. A veces ponían los deberes alumnos mayores. Y recuerdo con agrado los que ponía Antonio Fuentes, porque eran muy fáciles. Hay en Huelva una calle con su nombre, hay quien dice que no sabe de su méritos para tal honor. Para mí que pusiera deberes tan piadosos es un mérito más que suficiente.
Don Francisco se cabreaba con cierta frecuencia, y como aún no se había implantado la piedad en las costumbres, pues metía unas ostias a veces de talla considerable. Yo recuerdo por lo menos haber recibido una, por la que salieron volando mis gafas, pero no le guardo ni el más mínimo rencor, porque soy consciente de que cada periodo histórico tiene sus usos y sus costumbres...Me duelen más algunos actos de sorda crueldad aparentemente incruentos.
Como he dicho los alumnos de esa clase eran de diversas edades, por lo que alguno permanecían en ese colegio mientras otros ya estaban en el Instituto. Y un día me encontré en la cuesta del Instituto a un antiguo compañero que ya estaba empezando el Bachillerato. Hablamos y me dijo:
-Los profesores del Instituto saben más que Don Francisco.
-¡No puede ser! le dije. Porque Don Francisco lo sabía todo. Sabía Matemáticas, Lengua, Histria ¿Qué más se podía saber?
Al año siguiente ingresé yo en el Instituto y pude comprobar que las enseñanzas de aquellos profesores eran infinitamente más extensas y profundas que las de Don Francisco.
Por lo que para mí la profesión más prestigiosa era la de Catedrático de Instituto.
Honor que alcancé en su día cuando gané las oposiciones de Catedrático de Dibujo de Instituto.
Continué ejerciendo esa profesión hasta un poco después de que la Administración del Estado fulminara ese Cuerpo.
Luego accedí por Concurso Público al Cuerpo de Profesor Titular, donde ejercí hasta mi jubilación en la Facucultad de Bellas Artes de la U.C.M.


No hay comentarios:
Publicar un comentario