LA JOVEN ORQUESTA NACIONAL DE ESPAÑA.
Ayer tarde-noche asistimos al Auditorio Nacional, lo que supone generalmente traspasar las puertas del paraíso. Porque aquella gente toca ¡que te mueres!
Madrid tiene cosas increíbles. Entre ellas dos lujos asiáticos.
Uno de ellos es el Auditorio Nacional.
El otro lujo asiático es el Círculo de Bellas Artes. En el que en el último piso están las aulas de dibujo del natural.
Al Círculo iba a dibujar de jovencito y mucho más tarde, de viejo, con mi hija Ana a las poses de dos minutos. De ellas tengo llenos 20 cuadernos de 100 hojas de 26 por 36...¡echa la cuenta!
Quien asista a los conciertos del Auditorio Nacional. ¡No le hace falta morirse para ir al cielo! Porque el cielo baja allí, a donde está sentadito.
Yo junto en uno solo ambos lujos asiáticos porque en los conciertos dibujo a los músicos en las hojas de medio folio de mis cuadernos. Ya tengo varios cuadernos llenos, pero lo que me interesa no es acumular dibujos, sino dibujar, porque es un placer inefable.
Los músicos de la Orquesta Nacional van ataviados lujosamente y son todos mayores, unos más bien jóvenes y otros lo contrario. Y todos tocan admirablemente, siguiendo la partitura que es una críptica "chuleta" que ellos van descifrando sobre la marcha.
Pero anoche no fue así.
Anoche todos los músicos eran jóvenes. A mí me pareció ver entre ellos a mis nietos.
Vestían de negro, pero más sencillamente que los habituales.
¡Y tocaban, más o menos, como ellos!
Como carezco de conocimientos musicales percibo groso modo, y supongo que no notaré ni los pequeños fallos ni los grandes aciertos ¡noto que aquello va en serio!
Y lo de esos jóvenes fue muy en serio.
En mi modesta no desmerecieron nada respecto a los habituales y todo marchó más o menos igual que siempre.
Pero el final fue distinto.
Porque uno de los jóvenes músicos se levantó para decir que quería dirigirse al público en nombre del director, el británico Jonathan Nott, que era el único mayor que había en el escenario. Decía que hablaba él porque el maestro que quería aprender español aún estaba empezando. Y este, para certificar públicamente sus progresos en la lengua de Cervantes, dijo "calamares a la plancha", recibiendo del respetable una "aprobado" entusiasta.
Al público nos ofreció un "bis", cosa que en los años que llevo yendo es la primera vez que ha ocurrido. Porque si bien son frecuentes los bises de los solistas, de la orquesta nunca lo había presenciado. El regalo fue un fragmento de la Cenicienta de Prokófied. Lo agradecimos con mucho entusiasmo, en vista de lo cual los músicos no ofrecieron ¡otro regalo! otro fragmento de "El sombrero de tres picos" de Falla. que también fue recibido con gran entusiasmo. En vista de lo cual tomó la palabra un percusionista que pronunció unas sentidas palabras, que ya no recuerdo y remataron el concierto, sin el director, interpretado el pasodoble Amparito Roca ¡Muy bien interpretado!
Júbilo general y los músicos dejaron de lado sus instrumentos y se abrazaron entre ellos efusivamente, durante un buen rato.
Es que la juventud tiene un vibrante poder que tristemente se va perdiendo según se va envejeciendo...
Pero yo intento por todos los medios no perder totalmente esa magia. Por lo que estoy convencido de que ¡Mi natural inmadurez me salvará!

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