Salterio Online

Bienvenidos al blog de Tomás Garcia Asensio también conocido como Saltés. Los que me conocen sabrán de que va esto, y los que no, lo irán descubriendo...

domingo, 7 de junio de 2009

El antinominalismo.

Este post nº 119 del Salterio se lo dedico a mis alumnos que ya son ex.
NÓNIMOS Y ANÓNIMOS.



Anónimos ¡qué palabra más estúpida! Cuando se emplea –como se suele emplear- para designar a quien no es famoso. Es decir ¡a todos nosotros!

Y es estúpida porque todos tenemos nombre, por lo que no somos anónimos.

Recíprocamente a los no designados como anónimos les llamaré “nónimos” ¡para que se jodan!

Siempre hemos conocido dos esferas concéntricas:

La real compuesta de personas, conocidas y desconocidas. Gente a la que se le llama indebidamente “anónima”.

Y la ideal, la de los que he llamado “nónimos”, compuesta no de personas sino de personajes.

En lo que a mi experiencia personal se refiere el aire que tenían esas esferas antiguamente era muy distinto del de ahora.

En la esfera ideal apenas si había vivos. Había reyes, héroes, sabios y santos que palmaron hace un montón de tiempo de los que no tenemos más imágenes que las idealizadas y en el mejor caso retratos al óleo, que se pueden ver en los museos, pero que se suelen ver en las pobres reproducciones de los libros.

Mientras que en la actualidad los de la esfera ideal están casi todos vivos y suelen ser personajes destacados por sus virtudes o por sus vicios. Que conocemos por las fotos de los periódicos y las revistas, o que los hemos visto moverse y los hemos oído en la tele ¡Y parece que los conocemos realmente! Mi amiga Emi habla de la Preisler o de la duquesa de Alba como si las conociera y las tratara ¡Es que yo “veo” a Nadal muchísimo más que a mis amigos y a mis parientes! Y a los actores americanos que viven en el quinto coño los veo más que a mis vecinos ¡¡¡Es una locura!!!

La esfera real está compuesta además de parientes, compañeros, amigos y enemigos, por gente desconocida para uno, salvo que viva en un lugar con la población pequeña. Y se produce una paradoja ya que si se vive en un pueblo pequeño conoces realmente a muchísima más gente que si vives en Madrid.

Pongamos un pueblecillo de 2.000 habitantes, puede que conozca uno a los 2.000. Aunque muchos oficialmente sean desconocidos. Por lo que no hay que saludarlos ni saber su nombre, aunque puede ser que lo sepa. Pero si coinciden dos “desconocidos” -que realmente se conocen- en una gran ciudad donde han ido de viaje, se saludan afectuosamente y a lo mejor hablan un rato y todo. Y esa experiencia puede que les haga oficialmente conocido, o no, y cuando se ven de nuevo en su pueblo y apenas si esbozan una sonrisa. Y lo sucesivo se ignoran. Como siempre.

Quien viva en una ciudad mediana o grande se cruza con cientos de personas a las que no había visto jamás y jamás volverá a ver. Y lo peor de todo es que la propia cara forma parte de ese decorado fantasmagórico. Y conoces no muchos más de cien. Una vez paseaba por la calle con mi hija Isabel cuando era muy pequeña me dijo señalando a una persona.

¿Cómo se llama?

Pues no sé.

¡¿Qué no lo sabes?!

Y le extrañó muchísimo. Llevaba razón, porque ver a tanta gente desconocida es verdaderamente alienante. Tanta gente con la que se podría hablar y no se habla. Yo aprovecho la menor ocasión, pero por lo general me da corte. Y si en un viaje estoy sentado al lado de alguien en el tren o donde sea, empiezo a comerme el coco –Voy a decirle algo – Pero ¿qué le digo? – A ver si dice algo- ¡Qué ridículo! - Todo el viaje sin decir nada –Pero si es que no se me ocurre nada…¡Sufro!

Lo más jodido de todo ocurre en estos días cuando se acaba el curso en el que he visto a mis sesenta alumnos durante tres horas de dos días de cada semana, (en honor a la verdad diré que no siempre había sesenta porque algunos se turnaban para hacer pellas).

Cuando pase el verano veré tan sólo a dos o tres –ya exalumnos- cada día por los pasillos y en la cafetería. Es una penita. Pero es que hay una tendencia a desconocer lo conocido. Y aunque llegue a olvidar sus nombres siempre sabré que no son anónimos. Y puede que algunos, como son estudiantes de arte, lleguen a ser nónimos.


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